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domingo, 13 de julio de 2014

Japoneses deciden quiénes serán "sus vecinos del más allá"




TOMADO DE.

http://informe21.com/actualidad/japoneses-deciden-quienes-seran-sus-vecinos-del-mas-alla

 Japón tiene sin duda una rica cultura y muchas creencias. Allí, algunas personas se relacionan con desconocidos que han elegido como "vecinos del más allá" con tal de no cargar con el peso de tener que ocuparse de una tumba .


Tener 'compañeros de cementerio', vivir la eternidad colectivamente, es la elección que hizo hace una década, junto a su marido, Kumiko Kano, una sonriente septuagenaria de Tokio.
"Cuando mi esposo vio el dinero que su hermano mayor gastaba para las estelas funerarias , decidimos juntos que nosotros no lo necesitábamos y que no queríamos que nuestros cargaran con algo así", contó a la AFP en el cementerio de Sugamo, en el noreste de la capital.
En el sintoísmo o el budismo, los creyentes deben ocuparse, generación tras generación, de sus difuntos. En altares domésticos, las fotografías de los desaparecidos observan a los vivos, reciben sus oraciones y las ofrendas de , alcohol o cigarrillos a cambio de en el más allá.
Sus restos mortales son incinerados y las cenizas conservadas en tumbas de construcción y mantenimiento onerosos. Cada una acoge a una generación junto al hijo mayor y su familia. Las hijas son enterradas con sus maridos y los hijos más jóvenes deben hacerse construir su propia tumba.
Con las manos juntas, Kumiko reza frente a una estela individual pero ante un largo muro de mármol gris oscurro con miles de nombres grabados: es la tumba colectiva en la que su marido descansa desde 2008, con 3.000 'vecinos'. Hay sitio para 6.000 difuntos.
Las iniciales de su nombre ya figuran en ella, pero por el momento, en rojo. Cuando "forme parte del muro", pasarán a ser negras.
De momento, Kumiko está viva y encantada de estarlo. Nunca siente los remordimientos que acechan a veces a las personas que no se ocupan de las tumbas de un ser querido. "Si no puedo venir durante un tiempo, me siento un poco culpable, pero me tranquiliza llegar y ver muchas flores", cuenta.
Y de vez en cuando Kumiko queda con un grupo de personas que decidieron pasar la eternidad juntas en un lugar concreto, previsto, reservado. Porque antes del último viaje, los candidatos deben aprender a conocerse, a apreciarse para, creen, vivir mejor la muerte juntos.
Y para ello se reúnen en un club asombroso, el Moyainokai, literalmente 'trabajar juntos', que organiza excursiones al campo o sesiones de lectura en grupo.
La idea de crear el Moyainokai la tuvo hace 25 años un sacerdote budista para "la gente preocupada por su funeral porque no tiene hijos o familia". Su hijo Ryukai Matsushima retomó el negocio para "crear vínculos que no estén basados en la sangre", dice, mientras desliza el ratón del ordenador por una pantalla vertical encastrada en el mármol del cementerio con la lista de todos los 'inquilinos' del muro y los que no pudieron grabar su nombre por falta de sitio.
- Matrimonios en tumbas separadas -
Gracias a este mapa, los familiares pueden hacer aparecer el nombre del difunto en la pantalla para rezar por él.
En Japón, la gente vive muchos años y algunos no se sienten tentados por prolongar la vida de pareja en el cementerio. Syohei Maekawa, un operador turístico especializado en la visita a lugares de descanso eterno lo confirma. "Sobre todo no lo cuente, pero no quiero que me entierren con mi marido". Esta extraña confesión, Syoihei la ha escuchado de boca de varias clientas que se plantean seriamente una tumba separada.
"No quiere decir obligatoriamente que hayan tenido malas relaciones con sus maridos, sino que sencillamente quieren poder tener cosas por sí mismas", estima la socióloga Haruyo Inoue.AFP
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viernes, 30 de agosto de 2013

DELFINES Y MEMORIA SOCIAL




Los delfines son capaces de reconocer a un semejante tras 20 años de separación, según un estudio publicado este miércoles que atribuye a este mamífero marino la memoria social más larga jamás registrada en un animal.
Los elefantes tienen la reputación de no olvidarse nunca de un semejante, pero ello reposa únicamente en “pruebas anecdóticas”, destaca el autor del estudio, Jason Bruck, de la Universidad norteamericana de Chicago.
Bruck estudió el reconocimiento a largo plazo por los delfines de su característica personal, un silbido que actúa como una especie de nombre y que hace que cada individuo sea identificable por sus semejantes.
El biólogo intentó saber si el delfín mantenía en memoria la identificación de un semejante del que estuvo separado mucho tiempo.
Su estudio fue realizado con 43 delfines alojados en cuatro zoológicos o parques acuáticos distintos, incluyendo el zoo de Brookfield, cerca de Chicago. Esos seis lugares tienen la particularidad de haber intercambiado animales de los cuales conservaron datos precisos.
La experiencia consistió en hacer escuchar luego a los delfines las grabaciones de los silbidos de sus congéneres. Muestra cómo reaccionan más al oír los silbidos que les son conocidos, es decir los de los delfines con los cuales estuvieron en contacto años atrás.
“Cuando escuchan a un delfín que conocen, se acercan a menudo más rápido al altoparlante”, explicó Jason Bruck. “A veces dan vueltas alrededor, silban, intentan obtener una respuesta”, agregó.
Según el investigador, cuyos resultados fueron publicados por la revista Proceedings B de la Royal Society británica, el delfín muestra un nivel de reconocimiento “muy comparable a la memoria social del ser humano”.

TOMADO DE:

 http://www.biobiochile.cl/2013/08/07/delfines-pueden-reconocer-a-sus-pares-despues-de-20-anos-sin-verlos.shtml?fb_action_ids=10152143002488709&fb_action_types=og.recommends&fb_source=aggregation&fb_aggregation_id=288381481237582

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sábado, 20 de noviembre de 2010

21 gramos ¿Cuanto pesa el alma?


21 Gramos, ¿CUANTO PESA EL ALMA?



UNO DE LOS TÓPICOS HABITUALES de los diletantes del misterio a la hora de confrontar la perfidia de los incrédulos, es un mítico experimento que demostró “científicamente” la existencia del alma humana. En algún momento del impreciso pasado, un médico acucioso habría acometido la macabra tarea de pesar a personas agonizantes, encontrando que éstas perdían, en el preciso instante de la muerte, 21 gramos. Los incrédulos suelen responder, por supuesto, con incredulidad. Para el sentido común semejante experimento linda con lo inverosímil, cuando no con lo grotesco o lo puramente literario. Ejemplos de esto último no faltan: recordemos aquí ese extraordinario cuento de Edgar Allan Poe, La verdad sobre el caso del señor Valdemar, que fue leído en su momento como un reporte científico auténtico de la detención de la muerte por medio de la hipnosis. Y sin embargo, a pesar de lo extravagante que pueda parecer, ese experimento sí se llevó a cabo, y sus resultados incluso se publicaron en una revista médica. Su autor fue el Doctor en Medicina Duncan MacDougall, de Haverhill, Massachussets. El año, 1907.
En su artículo, el Dr. MacDougall comenzó esbozando una muy materialista hipótesis sobre la “sustancia del alma”, partiendo del supuesto de que “si las funciones psíquicas continúan existiendo como una individualidad o personalidad separada después de la muerte del cerebro y del cuerpo, entonces tal personalidad sólo puede existir como un cuerpo ocupante de espacio”. Y como se trata de un “cuerpo separado”, diferente del éter continuo e ingrávido, debe tener peso, igual que el resto de la materia. Esa sustancia, obviamente, se desprende del cuerpo en el momento de la muerte, y por lo tanto la pérdida de peso debe ser medible.
A continuación, pasó a poner a prueba su hipótesis. Instaló un lecho sobre un marco ligero construido en una romana de plataforma “muy delicadamente balanceada”. Sus sujetos de experimentación fueron seis enfermos terminales, de los cuales solo señala su diagnóstico, su sexo, y que se encontraban agonizantes. Cuatro pacientes habían sido diagnosticados como tuberculosos, uno sufría coma diabético y del último no se precisa dato alguno; cada uno de ellos fue mantenido en observación (garantizándose su comodidad) hasta que sobrevino la muerte. Durante ese lapso, MacDougall reajustó periódicamente el fiel de la balanza de acuerdo a la disminución de peso esperable por las pérdidas insensibles.
Estos fueron (resumidamente) los resultados:
Paciente N° 1: pérdida de “tres cuartos de onza” (unos 21,3 gramos) “súbitamente coincidiendo con la muerte”.
Paciente N° 2: pérdida de “una onza y media y cincuenta granos” (o sea 45,84 gramos) en “los dieciocho minutos que transcurrieron desde el cese de la respiración hasta que estuvieron seguros de su muerte” (sic).
Paciente N° 3: pérdida de “media onza coincidiendo con la muerte, y una pérdida adicional de una onza pocos minutos mas tarde” (42,65 gramos en total).
Paciente N° 4: MacDougall consideró esta prueba sin valor, debido a que la balanza no pudo ser bien ajustada “por la interferencia de personas opuestas a su trabajo”.
Paciente N° 5: en este caso, se registró una pérdida inicial de “tres octavos de onza” (10,66 gramos) “simultáneamente con la muerte”, pero luego el fiel de la balanza regresó espontáneamente a su posición inicial y se mantuvo allí por quince minutos a pesar de retirar los pesos (!). Paciente N° 6: esta prueba también resultó invalidada al fallecer el paciente antes de que la balanza fuera calibrada.
MacDougall también efectuó un experimento control, consistente en envenenar a quince perros sanos (!) para pesarlos en el momento de la muerte, con resultados uniformemente negativos. Pero antes de hacernos una mala imagen del doctor, reconozcamos que al menos se queja de su escasa fortuna para conseguir perros que estuvieran muriendo de alguna enfermedad.
ObjecionesAnte todo, evitemos las explicaciones fáciles, como sospechar que la pérdida de gas intestinal o del aire pulmonar da cuenta de la (supuesta) pérdida de peso que MacDougall observó en sus experimentos. La segunda posibilidad fue descartada por él mismo, pues verificó que inspiraciones y espiraciones forzadas no alteraban el equilibrio de la balanza. En cuanto a la primera, ya sean veintiuno o cuarenta y pico los gramos de gas, estos equivalen a un volumen de muchos litros, fácilmente detectables tanto pre como postmortem.
En realidad, es inútil pretender buscarle explicaciones “naturalistas” a la pérdida de peso que (supuestamente) se observó, por la sencilla razón de que todo el experimento está viciado por severas fallas. Empezando por una descripción en general confusa de los procedimientos y una muestra demasiado pequeña: se pudieron analizar los datos de apenas cuatro pacientes. Por otra parte, no se utilizó un criterio claro para definir “el momento exacto de la muerte”. Dadas las limitaciones de la época, este elemento crucial resultaba muy difícil de determinar, y esto queda bien patente en el caso del paciente N° 2: este siguió presentando espasmos faciales durante quince minutos después del cese aparente de la respiración, y solo tras cesar los espasmos se le auscultó para comprobar la ausencia de latidos cardíacos. ¿Cuál fue el “momento exacto de la muerte”? Esta vaguedad conduce, además, a una insólita flexibilidad a la hora de registrar las variaciones del peso: en un caso se considera positiva una pérdida de peso “instantánea”, pero en otros se asumen como positivas las pérdidas ocurridas a lo largo de varios minutos, sin límite fijo ni relación clara con el deceso.
¿Pero podemos, al menos, confiar en la forma en que se hicieron las mediciones? Pues ni siquiera eso. MacDougall afirma que sus escalas eran sensibles a “dos décimas de una onza” (5,68 gramos), lo que no es óbice para que en un caso nos ofrezca una precisión de “50 granos” (3,2 gramos), lo que resulta tan poco serio como medir milímetros con una regla graduada solo en centímetros. Obviamente, la seguridad de las medidas ni de lejos se aproxima a la que se pretende. Si seguimos adelante observamos también que los resultados ni siquiera resultan congruentes entre ellos. Uno de los pacientes presentó una pérdida de peso instantánea y nada más, dos a lo largo de varios minutos, y el último hizo malabarismos con la romana durante quince largos minutos. Para conciliar esto con la hipótesis inicial es preciso tramar muchas explicaciones ad hoc, como la influencia del temperamento del paciente (ya cadáver para ese momento).
Conclusión¿Qué queda, al final, de este experimento? Pues poca cosa: en realidad solo una colección de datos que se debaten entre la incongruencia y la anécdota, con una posibilidad inmensa de errores instrumentales. Para poner esto en perspectiva, consideremos simplemente que MacDougall intentó medir variaciones de peso del orden del 0,05 %, lo que no resulta fácil en condiciones clínicas ni siquiera hoy en día. Habla en su favor que no pretendiera haber probado algo: expresamente reconoce que se requiere una gran cantidad de experimentos “antes de que este tema pueda ser zanjado más allá de cualquier posibilidad de error”. Los consabidos “21 gramos” quedan reducidos a pura leyenda basada en un experimento mal hecho, que hasta la fecha nadie parece ansioso de repetir.